31 de Octubre | 2013
DE LO MAS CLARO Y MEJOR ESCRITO
Artículo publicado el 9 de enero de 2013 por MULTIDO ARQUITECTOS (Julen Asua y Nieves Merayo)
LSP: SIN ORDEN NI CONCIERTO
A estas alturas se ha hablado mucho del ya conocido borrador de Ley de Servicios Profesionales (LSP) presentado por el Ministerio de Economía hace poco más de una semana, en el que se contempla la posibilidad de que los ingenieros puedan desarrollar la misma labor profesional que los arquitectos.
Han sido muchas las voces críticas que se han escuchado al respecto ofreciendo argumentos firmes y sólidos para mostrar su desacuerdo hacia este despropósito que quieren llevar a cabo desde las altas esferas políticas y resulta difícil añadir opiniones nuevas sin caer en la redundancia. Pero la gravedad de la situación nos obliga a ofrecer nuestra particular visión del último ataque que está sufriendo nuestra profesión y que comenzó hace unos años con esa mercantilización de las universidades que se impuso gracias al Proceso de Bolonia, el cual finalmente, y como todos ya advertimos en su día, no ha servido para otra cosa más que para devaluar nuestra titulación hasta un punto tan dantesco que a día de hoy ningún arquitecto sabe exactamente que equivalencia académica tiene a nivel europeo.
La cuestión es siempre la misma: en lugar de simplificar las cosas para intentar que funcionen mejor, todo consiste en añadir más variables a una ecuación que ya está saturada de por sí desde hace demasiado tiempo.
Como decíamos antes, vamos a exponer nuestra opinión sobre las cosas que más nos han llamado la atención de lo sucedido estos días y trataremos por todos los medios de no repetir lo que otros ya han expresado mucho mejor que nosotros.
Antes de comenzar, nos gustaría aclarar un par de puntos de partida muy importantes:
1- No tenemos absolutamente nada en contra de los ingenieros. Todo lo contrario. Tenemos una gran cantidad de amigos ingenieros en diferentes especialidades a los que apreciamos y admiramos no sólo como personas sino también como profesionales. Sobra decir además que desde el primer día en que comenzamos a desarrollar nuestra actividad laboral como arquitectos hemos trabajado codo con codo con multitud de ingenierías y gracias a esta estrecha colaboración ha sido posible llevar a buen puerto cada uno de los complejos proyectos con los que nos ha tocado lidiar. Hemos disfrutado y hemos aprendido día tras día de ellos y tenemos un enorme respeto por su profesión, por sus conocimientos y por su papel crucial dentro del proceso constructivo. No nos engañemos. Esto no tiene nada que ver con la típica guerra entre profesiones ya que ingeniería y arquitectura forman desde hace ya mucho tiempo un tándem muy importante en el ámbito profesional que nos ocupa. No podemos caer en el error de enfrentarnos entre nosotros entrando en discusiones de patio de colegio porque eso es precisamente lo que ciertas instituciones están intentando desde sus rancios despachos decimonónicos con la única intención de llevar hasta su extremo aquel famoso dicho de “a río revuelto, ganancia de pescadores”.
2- Han existido y existen arquitectos nefastos, por supuesto. Se ha hecho mucha arquitectura de una calidad muy baja o prácticamente nula. Eso es así y nadie puede negar la evidencia. Pero por más que nos esforzamos no podemos entender que este sea uno de los argumentos utilizados para desprestigiar a todo un colectivo profesional. Hay malos arquitectos al igual que hay malos ingenieros, malos periodistas, malos jueces, malos abogados, economistas, auditores, constructores, neurocirujanos, barrenderos, dependientes, camareros, programadores, policías y amas de casa. Malos profesionales han existido, existen y existirán en todos los sectores, pero no tiene sentido abrir un debate acerca de las capacidades profesionales de los componentes individuales de cada gremio porque no nos llevaría a ningún lado. Miremos donde miremos, siempre habrá profesionales mejores y peores, y entrar en ese tipo de cuestiones es abrir la puerta a un callejón sin salida. Y no estamos para desperdiciar fuerzas, ni saliva, ni tiempo.
Una vez aclarados estos dos puntos previos, continuamos explicando nuestros argumentos. Tenemos muchas más cosas que decir que las que aquí vamos a exponer, pero nos vemos obligados a tratar de abordar ahora únicamente los hechos que nos parecen cruciales en primera instancia:
#1. Arquitectura e Ingeniería son profesiones diferentes.
Complementarias en muchas fases del proceso constructivo e incluso proyectual, pero diferentes. Me niego a entrar en el absurdo juego de tener que justificar y razonar un axioma como este. Aquellos que intentan por todos los medios hacernos creer que arquitectura e ingeniería son lo mismo, lo hacen únicamente con el objetivo de ampliar competencias a la desesperada. Caiga quien caiga y a costa de lo que sea. O eso, o bien no tienen ni la más remota idea de lo que significa “hacer arquitectura”, lo cual nos parece todavía mucho más grave teniendo en cuenta que quizá se acaben dedicando profesionalmente a eso en un futuro no tan lejano.
#2. Sobre la importancia de la composición, la ejecución y la interpretación.
La arquitectura no es sólo la construcción de un edificio. El trabajo de un arquitecto va mucho más allá de la mera disposición ordenada y lógica de unas cuantas técnicas constructivas repetidas a lo largo de la historia hasta la saciedad. Un arquitecto no es aquel que produce edificios y simplificar así un oficio tan complejo como el nuestro es un error de base que muchos están cometiendo para defender sus posiciones a toda costa.
Pongamos un ejemplo muy ilustrativo: La música.
Saber tocar una sucesión de notas o acordes en un instrumento no te convierte en un buen músico. Saber colocar una sucesión de notas musicales en un pentagrama siguiendo paso por paso unas básicas y sencillas reglas de armonía y composición, no te convierte en un buen compositor. El mejor violinista del mundo puede ser totalmente incapaz de componer una buena Sinfonía y por contra, Ludwig van Beethoven, que fue uno de los mejores compositores del la historia de la música, no logró ser ni de lejos el pianista más virtuoso que ha existido en el mundo.
Una orquesta sinfónica es una agrupación musical compuesta por un número de músicos diferentes que oscila entre 80 y 120, organizados y dispuestos en función de los cuatro grupos instrumentales: viento madera, viento metal, percusión y cuerda. Flautines, flautas, oboes, clarinetes, fagots, trompetas, trombones, tubas, timbales, violines, violas, chelos, contrabajos, arpas y pianos se agrupan ordenadamente frente a la figura del director de orquesta. La dirección orquestal es una especialidad muy compleja que requiere de muchos años de estudio y un gran oficio. El director de una orquesta sinfónica es una persona que no sólo mantiene el tiempo de la pieza y da las entradas de los instrumentos para que la ejecución de la misma sea coherente, sino que debe “interpretar” la partitura. Un director sinfónico no tiene que saber tocar todos los instrumentos que componen una orquesta, pero es indispensable que conozca las características y posibilidades de cada uno de ellos. Su labor más importante no es marcar el ritmo, sino dotar de alma a una pieza musical, organizando y cohesionando a todas las partes ejecutoras. Él es el elemento encargado de la dar proporción, personalidad y un carácter unitario a la obra.
Una orquesta formada por los mejores músicos del mundo podría llegar a ejecutar una pieza sin director, pero jamás lograría interpretarla. Y es precisamente ahí, en la interpretación, donde radica ese misterioso y maravilloso poder de lograr que una misma pieza musical pueda pasar completamente desapercibida o por el contrario, te llegue a rozar en lo más profundo del alma.
El arquitecto es un compositor. El arquitecto es un director de orquesta. Y por favor, no nos malinterpreten: No queremos dar a entender con esto que esté por encima de nadie ni que sea mejor que cualquiera del resto de los músicos que hacen posible que una Sinfonía cobre vida. El papel que desempeña cada uno de los elementos del conjunto es clave. El mejor compositor del mundo necesita que sus piezas sean interpretadas por los mejores músicos del mundo. El mejor director de orquesta de la historia, lo es precisamente porque cada uno de los integrantes de la orquesta sinfónica que dirige, son únicos en lo que hacen.
Hace tiempo que el virtuosismo pasó a ser una cualidad colectiva. Los genios lo son porque trabajan codo a codo con otros genios. La lucha por la excelencia no es, como ocurría en tiempos del Renacimiento, una cuestión individual. La calidad y el virtuosismo de cada una de las partes tiene una importancia vital dentro del sistema para lograr el efecto deseado. Nadie es menos que nadie y cuando actúan todos juntos no sólo se suman entre ellos sino que se multiplican.
Siguiendo con esta analogía, lo que está intentando hacer la nueva ordenación de la LSP es pretender que, independientemente de su formación, sus capacidades, sus años de experiencia y sus cualidades, cualquiera pueda componer una Sinfonía, cualquier pueda tocar el instrumento que decida cada día y cualquiera pueda dirigir una orquesta filarmónica. Pretende convertirnos a todos en meros ejecutores eliminando de raíz la importancia de la composición y la grandeza de la interpretación. Y lamentablemente lo único que ocurrirá si todo esto sale adelante es que no sólo se perderán a los mejores compositores y directores, sino que también anularemos por completo a los violinistas más virtuosos y a los pianistas más brillantes.
El resultado final es más que previsible a todas luces: no habrá ni orden, ni concierto. No nos engañemos. En esta batalla no habrá vencedores ni vencidos. En esta lucha todos salimos perdiendo.
#3. Yo no puedo pilotar un Boeing 747 en una ruta comercial transoceánica con 267 pasajeros a bordo. ¡Acabemos con el monopolio de los pilotos!
Desde ciertas instituciones colegiales del ámbito de la ingeniería se está tratando de enviar otro mensaje más absurdo si cabe que explicábamos en el punto #1. Según sus propias palabras, su intención es acabar con el monopolio que los arquitectos han venido ejerciendo durante todos estos años sobre la arquitectura. Repetimos la frase para que quede bien registrada: “El monopolio que los arquitectos ejercemos sobre la arquitectura”.
Esto no deja de ser otra incongruencia más para añadir a la lista de argumentos sin sentido que algunos se empeñan en vender como verdades. Es como si el Colegio de Farmacéuticos cargase contra Movistar por gozar de ciertos monopolios sobre las redes de telefonía en España. Es todo tan ridículo que uno se avergüenza de tener que explicar ciertas cosas.
#4. Sobre la sutil diferencia entre “poder hacer cosas” y “estar plenamente capacitado para hacer cosas bien hechas”.
Para tratar este tema, nos gustaría plantear dos preguntas concretas y a simple vista muy parecidas en la forma:
Pregunta (A): ¿Puede un ingeniero industrial proyectar y dirigir la construcción de una edificación? La respuesta es SÍ. En nuestra opinión sí que podría hacerlo, por supuesto. No tenemos ninguna duda al respecto. Y añado algo más: dependiendo de la complejidad de la edificación, no sólo los ingenieros podrían hacerlo sino también mucha otra gente con profesiones que nada tienen que ver con el ámbito de la construcción. Vivimos en un país en el que todo el mundo es médico, economista, ingeniero, abogado, constructor, entrenador de fútbol, juez y político, por lo que no dudamos ni por un instante que cualquiera puede jugar también a ser arquitecto.
Pregunta (B): ¿Está profesionalmente capacitado un ingeniero industrial para proyectar y dirigir la construcción de una obra arquitectónica y hacerlo bien? La respuesta es NO. No lo está porque no tiene la formación adecuada para realizar correctamente ese trabajo. No lo está, sencillamente, porque no es arquitecto (véanse los puntos #1 y #2). Y siendo realistas podemos asegurar de manera categórica que los únicos profesionales capacitados y con la formación necesaria (aunque quizá nunca suficiente) para hacer Arquitectura, son los Arquitectos.
¿Puedo yo asistir a una mujer durante el parto? Por supuesto que puedo. Si las circunstancias me obligan a hacerlo y recibo las instrucciones adecuadas y necesarias para llevarlo a cabo, yo mismo podría asistir a una mujer que este a punto de dar a luz. Ahora bien, en condiciones normales, ¿soy yo el profesional indicado y mejor capacitado para desarrollar ese tipo de asistencia? Pues evidentemente no lo soy y no lo haría jamás salvo que no me quedase otro remedio debido a alguna situación extrema y no muy común fuera de las películas. Es de una obviedad tan aplastante que todo esto resulta de Perogrullo.
Pero toda esta fórmula es perfectamente reversible. Funciona en las dos direcciones. Si nos hicieran la pregunta a la inversa la respuesta sería exactamente la misma. Seguramente un arquitecto también podría realizar muchos de los trabajos específicos de un ingeniero, pero no es el profesional indicado ni el mejor capacitado para llevar a cabo esa tarea y seguramente a la larga acabaría generando más problemas que soluciones.
Poder hacer algo no significa estar capacitado profesionalmente para hacerlo. Y aunque desde ciertas instituciones se quiera vender la idea contraria, podemos asegurar que sólo está realmente capacitado para ejercer con criterio una determinada profesión aquel que se ha formado para ese propósito y ha acumulado una experiencia y un conocimiento suficiente para asegurar una determinada calidad. Repetimos, por tanto, que los únicos profesionales capaces de realizar un proyecto de Arquitectura (con mayúsculas) son los arquitectos. Le pese a quien le pese.
#5. La arquitectura son un montón de cables y tubitos metidos en una caja muy grande.
Esta es la definición de arquitectura que ha hecho el Colegio de Ingenieros Industriales de Galicia. Acabáramos de una vez por todas, señores. Seis años de carrera y nueve años ejerciendo la profesión de arquitecto y gracias a este organismo nos enteramos hoy que la Arquitectura es nada más y nada menos que “la caja”. Si lo llegamos a saber antes nos hubiéramos ahorrado muchísimos años de esfuerzo, aprendizaje y dedicación.
Sinceramente y ahora hablando en serio, todo esto nos da vergüenza ajena y miedo: Vergüenza ajena por tener que escuchar semejantes barbaridades propias de un desconocimiento que raya en la ineptitud y miedo por pensar que la Arquitectura podría caer en un futuro en las manos de gente con ese tipo de criterio. Si esto llegase a suceder alguna vez, la Arquitectura acabará siendo literalmente “esa caja” de la que hablaba el señor decano, pero el problema es que la caja será de pino, estará a dos metros bajo tierra y llevará colgada una corona de flores con la frase “te recordaremos siempre”.
Nos permitimos darles un sencillo consejo: Traten a nuestra profesión con el mismo respeto con el que la mayor parte de los arquitectos tratan a la profesión que ustedes representan. Quizá para ustedes todo esto no sea más que un juego para reactivar una caja registradora que hace tiempo dejó de funcionar como antaño, pero para nosotros, para los arquitectos, no lo es en absoluto. La Arquitectura no es ninguna moneda de cambio con la que cubrir sus intereses recaudatorios.
Con la Arquitectura no se juega.
#6. Autocrítica, despedida y cierre.
Los arquitectos somos los primeros culpables de lo que está aconteciendo. Hemos denigrado nuestra propia profesión hasta dejarla en estado crítico. La hemos contaminado con nuestros actos hasta hacerla enfermar gravemente. Y deberíamos asumir nuestra responsabilidad, aprender de todo lo que hemos hecho mal y tratar por todos los medios de sanarla, antes de que sea demasiado tarde. Es nuestra obligación como profesionales volver a generar un valor real en los servicios que ofrecemos para que la Arquitectura recupere su posición en el mercado y de cara a la sociedad. No podemos confiar esa tarea a los organismos que se supone que deberían representarnos pues hace tiempo que dejaron de preocuparse por defender la profesión. Somos nosotros, cada uno de nosotros, quienes debemos demostrar con nuestros trabajos la importancia de lo que hacemos.
Todo esto que está pasando no es más que una cuestión de números. Como todo en esta vida, esto es una cuestión de dinero. Ni más ni menos. El proceso de Bolonia no tenía nada que ver con la educación sino que tan solo se trataba de mercantilizar el conocimiento y este borrador sobre la Ley de Servicios Profesionales tampoco vela por la calidad ni la libre competencia sino por los intereses de ciertas instituciones con conexiones políticas, cuyo único objetivo es seguir haciendo caja. Da igual cómo queramos pintar el problema y los infinitos frentes de debate que abramos. Esto no es una guerra entre ingenieros y arquitectos y me niego a convertirme en un guerrillero más al servicio de quienes lanzan la ley y esconden la mano.
Nuestra profesión es muy importante. Nuestra profesión es digna de orgullo y merecedora de todo el respeto del mundo. Nuestra profesión es preciosa.
Los arquitectos no somos perfectos. Muchas veces nos equivocaremos, cometeremos errores o fallaremos estrepitosamente. Nos hemos formado para tratar de proponer nuevos escenarios y resolver situaciones muy diversas y complejas. No siempre hay reglas matemáticas para hacer bien las cosas, sino que somos nosotros los que debemos escribir esas reglas, inventar y disponer modelos, proponer nuevos sistemas y lenguajes para transformar la realidad e intentar anticiparnos a problemas inesperados que van mucho más allá de la técnica o el criterio constructivo.
Los arquitectos no somos infalibles, pero ponemos pasión, ilusión, valentía y profesionalidad en cada uno de los proyectos en los que trabajamos. Nos dejamos la piel intentando mejorar cada día. Nos hemos formado duramente para ello y seguiremos aprendiendo, con nuestros errores y nuestros aciertos, durante toda la vida. Y si todavía hoy continuamos adelante es simplemente gracias a la necesidad de seguir haciendo posible la buena Arquitectura.
Porque eso es precisamente lo que hacemos nosotros, los arquitectos. Hacemos posible la Arquitectura. Y eso es lo que seguiremos haciendo, mientras nos dejen.